Aún recordaba como había salido la noche anterior.
La calle estaba vacía y muy oscura. Los guardias merodeaban sin descanso.
Ella había tenido que salir con una sabana blanca, fue todo lo que pudo encontrar.
Iba en el asiento trasero del auto, su mamá conducía y él iba detrás con ella, tratando de que no pensara en el dolor. Pero era inevitable.
Había llegado a tiempo.
La llevaron a la habitación a que esperara. Y era ahí donde estaba.
Recordó que se había despertado porque había comenzado el dolor de nuevo, un poco más fuerte.
Llamó a la enfermera, y ella se fue diciendo que volvería.
Él apareció de nuevo, como sacado de un cuento, para salvarla. Pero nada podía hacer.
Parecía que la hora había llegado.
Luego de mucha insistencia la enfermera les confesó que el doctor no estaba, pero que no podían esperar por él.
Ella no podía creerlo. Debía aceptarlo.
Las horas parecían infinitas; con cada minuto el dolor se volvía más fuerte.
Todo lo que había planeado, toda la alegría que había sentido se estaban esfumando entre el sufrimiento y la inconsciencia.
Él le prometía que ya pasaría, le pedía que fuera fuerte, pero ella ya se estaba desvaneciendo, ya no oía.
Hasta que todo desapareció: el dolor, el sueño, las voces. La bulla.
No escuchaba nada, y se preocupó.
Pero entonces vio una silueta venir, era el doctor, y con el traía algo.
Era una niña, una pequeña niña bebe, que dormía entre los brazos del doctor.
Quiso llorar, pero no sabía si era alegría o preocupación. Hasta que el doctor le dijo: "Está durmiendo. Dio a luz a una sana bebé"
***
De eso ya hace 22 años.
Me pregunto si ella habría imaginado en lo que esa niña vendría a convertirse después.
.:22:.
